Ay, Faustina

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Historia por Isabel Batteria | Fotografía por Carlos Rubín

Si me pongo a hablarte de mi Faustina, no me vas a querer comprar ni un billete.

A Faustina la cargué yo cuando era una bebé. Mi jefe me la presentó con mucho orgullo. Agarró el pecho de mi camisa con esa fuerza animal que tienen los bebés, y no la soltó hasta que su papá por fin me la quitó de la falda. La apretó tan duro que la camisa nunca volvió a recuperar su forma.

Mi jefe era dueño de un hotel. Faustina creció viendo ir y venir toda serie de gente, en una familia donde el dinero (o la falta de él) no era un freno para poder imaginarse en los zapatos que ella hubiese querido.

Con ese mismo dinero fue que el papá trató de convencerla de que no se casara conmigo 20 años después.

—Si te vas con él, no vas a ver ni un centavo. Vas a tener que joderte en la vida, porque él no es nadie.

No solo dejó el hotel y la fortuna y el regazo familiares; se montó en un barco conmigo y nunca regresó.

Estudió en la Escuela Normal. A veces me pregunto si lo hizo porque sabía que su papá tenía razón, que yo era un nadie. Era como si siempre hubiese sabido que yo no iba a poder darle mucho.

Pero yo me consolaba recordando que antes de irse conmigo, cuando tenía acceso a la fortuna familiar, fue a la universidad a estudiar ingeniería. Era la única mujer de la clase. Un día, los compañeros hicieron una maldad y el culpable no daba la cara. Castigaron a toda la clase, incluso a Faustina. Ella protestó:

—Pero si yo no hice nada, y ustedes lo saben. El culpable es un chico y yo soy mujer.

—Bueno, tú quieres estar aquí, ¿no? Asume las consecuencias.

Y ella cogió sus cosas y no volvió.

Bien, supongo que ella hubiese estudiado sí o sí. Pero conmigo no había dinero para estudiar ingeniería ni nada de eso.

Cuando se graduó de la Escuela Normal, la mandaron a dar clases al campo, como solían hacer con los maestros novatos. Los mandaban a los rincones más recónditos a donde nadie más quería ir. Ella partía en mula en agosto y yo no la veía más por los nueve meses que duraba el curso. El viaje en mula tomaba días. Los niños la recibían descalzos, y ella pasaba todo el año convenciéndolos de que se pusieran zapatos y que no le dijeran a quemarropa:

—Señorita, guarinal.

—Señorita, vuacagal.

Por alguna razón, a Faustina siempre la mandaron al campo, incluso cuando dejó de ser novata. Los primeros años de escuela de nuestros hijos eran en el campo, porque ella siempre se llevaba al más chiquito de turno.

Allá nuestros hijos aprendían cosas que jamás hubiesen aprendido en casa, como a sacarse las lombrices de la barriga. El niño con lombrices se sentaba sobre un plato de leche caliente. Cuando una lombriz asomaba la cabeza por el culo, atraída por la leche, venía otro niño y la pisaba, y el afectado se levantaba bien rápido. La lombriz pisada quedaba en el piso. Esto lo hacían veinte veces hasta que no salieran más lombrices. 

Yo igual tenía que trabajar como burro y cuidar a los más grandes acá en la ciudad. Tuvimos 8 hijos, así que no me faltaba taller. Todos industriosos y rectos, incluso la única niña; a algunos tuve que encaminarlos a palizas, pero ni ellos ni yo nos podemos quejar, porque ninguno es un vago.

A veces me daban dolores de cabeza que no tenían que ver con su carácter. Un año Faustina no se pudo llevar a la nena, que tenía paludismo. Como yo no me daba abasto y la verdad es que no estaba acostumbrado a quedarme con nenes chiquitos (mucho menos una niña), la mandamos a casa de su tía. Allí, un día se cayó por el pozo muro. Me mandaron a llamar y yo creo que nunca había rezado tanto como lo hice aquel día al borde de tanta mierda. Yo tenía miedo de que hubiese una crecida que de repente se llevara a la nena con todo. Cuando por fin la sacaron, la abracé y besé aunque estaba toda cagada, y me la llevé a casa.

Después de ese episodio, Faustina quiso trabajar solo unos pocos años más. De seguro hubiese dejado de trabajar inmediatamente, pero la necesidad no nos lo permitía. Para esos años había una dictadura que nos tenía bien jodidos y comiendo harina de maíz todos los días; necesitábamos todo el dinero que pudiéramos hacer.

Yo trataba de hacer negocios, de poner en práctica mis inventos, pero no daba pie con bola. No sé por qué, no la pegaba con nada. Faustina siempre fue la que mantuvo este hogar. Y cuando su mente empezó a resbalar y tuvo que dejar de trabajar como maestra, un amigo me puso a vender billetes. Vender billetes es lo único que me queda bien, porque no requiere mucho pensamiento. Es sencillo: la gente los compra o no los compra. No los tengo que convencer. Quienes no los compran son demasiado religiosos para creer en el azar y con esos argumentos nunca los voy a convencer, así que no me esfuerzo. Yo jamás hubiese dejado que mis hijos dejaran su futuro a su suerte de esa manera, pero los que me compran billetes no son mis hijos.

El último acto heroico de Faustina fue chaperonear las visitas del novio de la nena con un palo en la mano. Luego de eso, se me fue. Me dejó solo en este mundo tan lleno de gente. Los hijos me visitan a cada rato, tratan de distraerme. Claro, el mundo está lleno de gente, pero yo solo quiero a una persona. De Faustina solo me queda la camisa con el pecho estrujado de la que no me he deshecho en 40 años.

Por eso te digo… no me dejes hablar de Faustina, que con esta tristeza que me da cuando hablo de ella, nadie me va a querer comprar ni un billete.

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