El Hijo del Mar

Historia por Alejandro Aguilera | Fotografía por Carlos Rubín

Benito vivía obsesionado con el mar, y todo lo que tenía que ver con ese inmenso cuerpo de agua salada lo enloquecía. Con apenas 8 años conocía desde el crustáceo más diminuto hasta la ballena más inmensa, siempre decía que cuando creciera sería biólogo marino o capitán de barco. Lo importante para él era estar siempre en el mar.

Todos los días cuando salía de su escuela en la Eduardo Conde en Barrio Obrero, iba a escondidas directo al mar. Tenía que bajar cinco cuadras, pasar debajo del puente de la Baldorioty, cruzar el residencial Luis Lloréns Torres donde tenía par de amigos, pasar por las casas de los ricos donde no tenía ninguno, hasta llegar a la playa de Punta las Marías. Hacía todo este trayecto lo más rápido posible porque a las cinco tenía que estar de vuelta, antes que llegara de trabajar su abuela. Ella lo llevaba cuando podía, usualmente los domingos, pero lo hacía con resistencia: “¡Benito estás muy lejos!” “Ponte siempre donde que te pueda ver” “Benitooooooooooo, ¿dónde estás?” “¡Este muchacho me va a volver loca, Benito echa pa’ acáááááá!”, en la semana cuando Delmia llegaba de trabajar, ya Benito la esperaba en la casa, seco y con todas las asignaciones hechas, como el decía, “set”.

Benito y su abuela Delmia vivían en una casita linda y modesta en Barrio Obrero. Ella trabajaba limpiando casas ajenas. Era una mujer bondadosa y trabajadora, pero de mirada triste, como si detrás de sus innumerables sonrisas escondiese algo que un día dejó engavetar en lo más profundo de su subconsciente. Su nieto era su pasión, su razón de ser, su razón de todo. Ellos dos formaban una familia, por eso lo sobreprotegía. Desde hace muchos años, Benito le preguntaba por su mamá, la hija de Delmia, y ella siempre le decía que Yolanda se fue al cielo el mismo día de su nacimiento, que se fue tranquila y que hoy estaría orgullosa viendo al niño que parió. A él la historia nunca le convencía, siempre sentía como unas lagunas extrañas, y cuando seguía preguntando, Delmia le cortaba diciendo que tenía muchas cosas que hacer “y mañana me tengo que levantar temprano, que me toca la casa de doña Gabriela, y esos nenes dejan allí un campo de guerra”. Llegó un momento que Benito decidió dejar de insistirle con sus preguntas. El no quería que su abuela sufriera. Por su papá solo preguntó una vez, y su abuela le dijo “Se fue cuando tu mai quedó preñá”, y ahí terminó el tema, de ese no se habló nunca más. Benito era un niño aplicado, sensible y no daba mucha candela. Era el niño más brillante de toda la escuela. Su madurez era impresionante, anormal para un niño de su edad. Pero para su abuela su nieto solo tenía un problema, el mar. Algunas veces lo cogió escapado entre las olas. Para Delmia, la pasión profunda de Benito era su único defecto.  Y es que ella sabía de dónde venía todo esto, pero era incapaz de afrontarlo, esa gaveta estaba cerrada con el dolor más amargo y puro que ella había sentido en su vida.

Ya Benito se iba acercando al mar, lo sentía. Cerraba los ojos para que el viento salino le acariciara el rostro. No había nada que lo hiciera más feliz. Y cuando estaba llegando a la orilla se quitó los zapatos y las medias, y mientras se acercaba a aquella masa de agua sentía como la arena coqueteaba con sus pies. Una vez en la orilla, sacó de su bulto un barquito de madera que él mismo había hecho. Su abuela le había comprado unos cuantos de juguete, pero él quería más para su colección, así que se metió en la computadora de la escuela y aprendió a tallarlos hasta llegar a la perfección. La necesidad es más astuta que la opulencia. Entre todos, su favorito era el primero que hizo. Aunque ya estaba viejito, él le tenía un cariño especial.

Se quitó la ropa quedándose solamente con un pantaloncito corto que llevaba todo el día escondido debajo del de la escuela y se tiró al mar nadando rápido y sin miedo, con la seguridad de un pez. Benito sabe nadar desde que tiene uso de razón, nadie le enseñó, simplemente nadó. Ese día, cuando llegó a un punto bastante alejado de la orilla, se sumergía profundo y saltaba hacia afuera con la destreza de un delfín. A su lado, y entre las olas que lo meneaban, el barquito flotaba sin problemas. Y Benito repetía la faena. Más que felicidad era éxtasis, una especie electricidad que no podía contener ni explicar.

De repente, a lo lejos vio una silueta en la orilla. Era su abuela. Después de un “me jodí”, poco propio de él, comenzó a nadar hasta la orilla como una gacela acuática mientras pensaba en mil excusas, ya todas las había gastado, pero debía quedar alguna más. Mientras tanto, Delmia lo miraba tensa y furiosa, aquello no solo era una desobediencia y un peligro, para ella era una visión del mismísimo infierno. Benito llegó caminando sigiloso donde Delmia, ese iba a ser un mangue en toda la regla. Tan pronto se puso al frente de ella, se llenó los pulmones de aire y en el momento que le iba a explicar una supuesta coartada medio pendeja, Delmia le dio la única bofetada que jamás le había dado en su vida, pero se la dio con toda la fuerza que tenían sus manos con olor a Mistolín.

Benito, se agarró el cachete, no sabía qué hacer. Su dolor era más fuerte que el que tenía en la cara. Necesitaba una explicación.

-(Tocándose la cara con rabia) ¿Por qué?

-¿Cómo que por qué? ¡¡¡Te parece poco verte casi en el horizonte!!! ¡¡¡¿¿Solo??!!!

-¡¡¡¡Tú sabes que yo nunca me voy a ahogar, que nadie nada mejor que yo!!!!

En ese momento su abuela se quebrantó y cuando pensó en caerle encima, quien se cayó fue ella y comenzó a llorar como nunca antes Benito la había visto. Él la abrazó pidiéndole perdón. Aunque en el fondo le parecía exagerado, no podía ver a su abuela así. Ellos dos eran una familia.

– Perdóname, no lo vuelvo a hacer. Si quieres no vuelvo al mar (algo que sabía que jamás iba a cumplir), te prometo que no vuelvo nunca más.

En ese momento Delmia, embarrada de arena lo sentó, lo miró a los ojos y abrió su corazón.

-Yo te voy a contar una historia, tú tienes 8 años, pero también tienes la madurez pa’ oírla y entenderla.

-Mami me voy esta noche
Le dijo Yolanda a su mamá aquel 15 de septiembre.

-¿Cómo que te vas? ¿qué te pasa a ti?

-No te quería decir nada porque sabía que no me ibas a dejar, pero me acaban de avisar que la salida es esta noche

-Pero niña de Dios, ¿cómo tú me vas a decir eso? Así de repente. Tú estás preñá, tú sabes que preñá no se puede.

-Yo soy flaca mami, mírame con esta ropa, no se nota nada

-Pero son 7 meses

-Pero no se notan mami, y aquí en el barrio nadie sabe que estoy preñá

-¡¡¡¡¡¡¡No te voy a dejar ir!!!!!!!

-Mami me voy a ir, yo no quiero que mi hijo crezca en esta miseria, estamos hacinaos en casa de unos primos que ni si quiera nos quieren ni allí

-Pero si tú sabes que yo estoy ahorrando para irnos pa’ nuestra propia casa

-Mami me voy, lo tengo decidido

-Y de dónde sacaste los chavos

-Los fui reuniendo, hace tiempo pagué. Y también ahorré pal que me va a ayudar cuando llegue a Puerto Rico

Silencio. Las dos estaban ansiosas y muertas del medio

-Pues yo me voy contigo

-Pero cómo te vas a ir

-Yo tengo cuartos escondidos

-Pero eso era para la casa

-No me importa la casa un carajo, me voy contigo

-Pero no sé si vas a caber, eso va bien lleno

-Tranquila que yo quepo, espérame aquí

En ese momento Delmia salió corriendo a buscar el dinero. Yolanda se quedó ahí parada esperándola, en el fondo se alegraba de que fuera con ella. Ya allí, y después de sobornar al organizador de aquel viaje, las dos se acomodaron en una esquina de la yola. Muchas personas iban entrando en medio de la noche. Delmia se fijó en la nave improvisada, era como una mezcla de madera vieja y cartón prensado. Ella tenía mucho miedo, pero más miedo le daba que su hija fuera sola en aquel barco inmundo.

También se fijó en el organizador, un tipo déspota que ya debía estar acostumbrado a todo esto y trataba a todo el mundo como si fueran su propiedad. Era un grosero con todos. A Delmia le llamó la atención que, siendo dominicano, tuviera tan poca empatía con ellos. Ella lo recordará hasta su muerte como el ser más despreciable que ha conocido en su vida.

El viaje era incómodo. La combinación del miedo, el hacinamiento, las náuseas y el mareo era insostenible. De pronto entre la muchedumbre se sintió un arqueo y la voz del organizador con su desagradable tono no se hizo esperar.

-Aquí el primero que vomite se va mar adentro, se los advierto

El vómito en una yola puede atraer a los tiburones, al ser una nave tan frágil el hedor traspasa las zonas más débiles. Ya el “organizador” había pasado un mal rato, y no iba a tolerar dos.

Ya habían transcurrido varias horas y mientras todos dormían, de repente Delmia sientió que la tocaban. Mira para el lado y ve a Yolanda sudando y resoplando. A Delmia le entró un ataque silencioso de terror. No podía pasar lo que parece que estaba pasando. No podía pasar. El terror consumía todo su cuerpo, comenzó a temblar, pero decidió engavetar el horror y ser fuerte.

-(Susurrando) ¿El muchacho quiere salir?

-(Susurrando) Parece que sí

El dolor cada vez se empezaba a evidenciar más en el rostro de Yolanda.

-(Susurrando) Mi amor, tienes que disimular y aguantarte. No pueden darse cuenta

-(Susurrando y resoplando bajito) Lo sé, pero cada vez se pone peor. Tengo miedo

-(Susurrando) Vente, abrázame y si me tienes que morder muerde, pero aguanta. Tienes que aguantar

Las personas que estaban más cerca de ellos se fueron percatando de lo que estaba pasando, por más que Yolanda trataba de disimular, el dolor era demasiado fuerte. Una de las mujeres se acercó a preguntar.

-¿Tú nena está preñá?

-No, son cólicos. Ya se le va a pasar

Todos alrededor murmuraban y callaban, el tirano no se podía enterar.

Yolanda hundió su cara en el pecho de su madre, como en una época más feliz cuando era pequeña y la alimentaba.

-(Susurrando) Aguántate mi amor, aguántate

-(Susurro desesperado) Ay, duele mucho (Apretándo los dientes)

Delmia se sacó un bollo de tela y se lo metió en la boca

-Aguántate, tienes que aguantarte

Y de repente ocurrió lo que no podía ocurrir: un grito de dolor intenso rompió el silencio de aquella noche infernal. El organizador se movió rápido hacia donde Delmia y su hija.

-¿Qué coño está pasando aquí?

-Mi nena, que está con cólicos

-Cólicos una mierda, tu hija está pariendo. Coño, si saben que las preñás no pueden viajar

-Ella se va a aguantar

-Aguantar a la mierda

El organizador agarró a Yolanda, a la vez que Delmia se apretó a ella con todas sus fuerzas. Par de hombres lo empezaron a ayudar mientras la mayoría ayudaba a Delmia. La barca se empezó mover de lado a lado y de forma peligrosa. Delmia sacó las garras, dio puños, aruñó, mordió. No había forma posible que le sacaran de sus brazos a su hija. Cuando ya todo estaba fuera de control y el organizador comenzó a olerse un motín, sacó una pistola, la subió hacia la noche de luna llena y disparó. Todos se calmaron.

-Ustedes son pendejos, no se dan cuenta que, si esa muchacha pare aquí, con toda la mierda que va a sacar, nos morimos todos

Todos se quedan mirando inmóviles

-Que los jodíos tiburones van a venir y van a morder y esta mierda de yola se va a convertir en un cebo. El próximo que me joda la vida se va con ella. Ustedes dos ayúdenme a agarrarla, y sepárenla de la mai.

En ese momento la lograron separar de sus manos. Y mientras unos hombres la aguantaban, ella veía a su hija como se iba esfumando. Todo parecía una mentira, una pesadilla.

-Abuela, tranquila ya lo entendí. Ya sé…
Interrumpió Benito disimulando todo lo que sentía en ese momento. Su abuela lo miraba con un silencio abrumador, inerte, con el mismo semblante de aquella noche.

Aunque era la historia más horrible que había oído en su vida, la extraña madurez de Benito le ayudó a entender lo importante que era para él que se la haya contado. Y en un segundo, como si su cerebro fuera un collage, pensó en su madre. En la yola. En su sufrimiento. Pensó en el amor y en la familia que tenía al frente suyo. Miró a Delmia y la abrazó tan fuerte como esa noche ella abrazó a la madre de Benito.

De repente, Benito se separó de la abuela y le preguntó, con voz entrecortada.

-¿Y yo?

Delmia lo mira con dulzura y le puso las manos en su rostro.

-Tus ojos

-¿Mis ojos?

-Son exactamente iguales desde que naciste

Hizo una pausa, lo miró directamente. Pero esta vez su mirada no era de miedo, sus pupilas estaban repletas de ternura.

En aquel momento decidí tirarme detrás de ella, ya mi vida no tenía sentido. Y en el momento que lo iba a hacer, la luna se puso de repente más brillante que nunca, y cuando estaba a punto de tirarme, noté que desde el fondo del mar algo que se acercaba hacia mí.  Pensé que era parte de mi delirio, pero no, era real. Y se seguía acercando, nadando como por instinto. Era un bebé, pequeñito, muy pequeñito. Pero con los ojos inmensos. Eras tú. No sé como pasó. Lo que sé es que fue un milagro. La peor y mejor noche de mi vida. Era como si supieras tu rumbo, venías directo hacia mi. Cuando ya estabas llegando a la superficie te agarré y te metí al bote conmigo. Estabas limpiecito, el mar se había ocupado de eso. Te puse mantas. Ni siquiera el organizador hizo una expresión, todos en el barco estaban enmudecidos. Emocioados. Es que era un milagro. Mi vida tenía sentido otra vez. Aguantaste el viaje y todo el camino cuando llegamos a tierra. Me caí dos veces y tu firme, fuerte. Eras un renacuajito sietemesino, y aguantaste todo. Ni siquiera lloraste en todo el camino.

En la cabeza de Benito todo hizo sentido. La historia que le contó Delmia puso todas sus dudas en orden. Los dos callaron, él la agarró de la mano y juntos caminaron de vuelta a su casa. Sus manos estaban más apretadas que de costumbre. En el camino, Delmia le dijo que alguien le contó que en una playa bien escondida de Cabo Rojo seguía esa yola en la orilla, o lo que quedaba de ella.

-Si quieres le pago a Don Teyo para que nos lleve mañana.

Benito asintió. Delmia caminaba más liviana, al fin había abierto esa gaveta. Ya no sentía tanto peso, ni tanto dolor. Se sentía aliviada. Benito solo pensaba en el día de mañana, cuando se encontrara de frente con aquella barca. Sabía que la yola le iba a hablar y él iba dispuesto a escuchar. A abrazar y a despedirse de Yolanda. Pensó que no iba a poder dormir por la ansiedad del día siguiente, pero no fue así, durmió profundamente.

Esa noche Benito volvió a soñar. Soñó que estaba nadando.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. claryssa dice:

    La foto lo dice todo. Fin.

    Me gusta

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