Siempre hay algún payaso

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Mi papá me llevaba todos los años al Circo Panamericano en el Hiram Bithorn. Recuerdo que la mayoría de las veces el Maestro de Ceremonias era Luis Vigoreaux, siempre vestido con su chaleco rojo, guantes, bastón y su sombrero de copa. Micrófono en mano, Don Luis presentaba cada acto del circo ante una asistencia bastante concurrida en el stadium.

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El Hiram Bithorn era el centro de muchas otras actividades, no solo del beisbol profesional. Allí ocurrían espectáculos como los “Hell Drivers”, conciertos como el de James Brown, Kansas, Miami Sound Machine y carreras como el famoso “Rally Marlboro” alrededor  de la isla. No había otro lugar en el área metropolitana, el Coliseo Roberto Clemente no lo habían construido y el parque de pelota era todo lo que teníamos. Hablando de Roberto Clemente, fue allí también donde llevé con mis padres y mi hermano, varias mudas de ropa que se llevaría Clemente la mañana siguiente, un 31 de diciembre de 1972, a las víctimas del terremoto de Nicaragua.

Recuerdo que en muchos de estos eventos siempre había un show de payasos. La mayoría de las veces era una rutina corta para bajar las tensiones de algún acto peligroso anterior o en lo que preparaban un próximo acto. En todos, los payasos no hablaban, era un show muy físico donde brincaban, se caían o daban algunas volteretas, acompañadas siempre de los efectos de sonido de algún tambor o trompeta.

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Como muchos niños de mi edad en esa época, crecí con payasos por todas partes. “Gaby, Fofó y Miliki era mi programa favorito acompañado de un café con leche con tostadas y si iba a algún cumpleaños de un amiguito, de seguro los payasos estarían allí.

Los payasos que acompañan este escrito, son un grupo de personas super talentosas y simpáticas que conocí durante unas fiestas de pueblo en Hatillo. Escondidos y apretujados como podían detrás de un espacio super pequeño, lograban cambiarse de ropa, agarrar alguna que otra cosa y salir de nuevo a deleitar a todos los niños y adultos que se encontraban ese día en la plaza del pueblo.

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Aunque mi intención ese día era documentar todo lo que pudiera de la actividad, el show de los payasos me detuvo, no solo porque era divertido sino porque me trajo muy buenos recuerdos de mi niñez…una niñez básica e ingenua, donde la tecnología y los efectos especiales complicados eran suplidos unicamente  por la imaginación.

 

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